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LOS SASTRES DE LAS PLAZAS DESAPARECEN EN MEDIO DE LA MODERNIDAD

LOS SASTRES DE LAS PLAZAS DESAPARECEN EN MEDIO DE LA MODERNIDAD

Foto: José Ochoa, se dedica a este oficio durante 22 años.

Cada jueves antes de las 06:00 José Ochoa debe estar de pie, cambiado y desayunado, para ir a La Terminal de Latacunga a tomar un bus que lo lleve hasta el cantón Saquisilí; la feria de la plaza de Ponchos, como se conoce a la plaza de 18 de Octubre, lo espera desde las 07:00 y, aunque el movimiento ya no es el de antes; la vida debe continuar.

Normalmente llega a su lugar de trabajo a las 06:30, entonces acomoda su máquina de coser negra, una Singer que heredó de sus suegros, de quien aprendió el oficio. Lo hizo tras un revés físico en su trabajo como albañil.

Ahora tiene 52 años e hijos a quien mantener. Cada cliente es una nueva oportunidad para mantenerse activo. Aunque está en la plaza desde las 07:00 los clientes llegan más desde el mediodía. Por la máquina de José ha pasado de todo: vestidos rotos, sierres dañados, pantalones muy largos, muy pequeños.

Antes de la pandemia con todos los “arreglitos” que le llevaban lograba hacer un máximo de 20 dólares al día. Hoy la situación se puso crítica, pues los mejores días llega a tener una ganancia de 10 dólares. Solo los jueves, pues dejó de acudir a la feria de la plaza Canadá en el barrio San Felipe –  Latacunga.

Cuando tiene la oportunidad trabaja también los miércoles en la misma plaza de Saquisilí, pero la expectativa ya no es la misma; cada vez hay menos clientes. Junto  a su esposa José, a veces solo ve pasar a la gente, que ya no requiere sus servicios.

En la misma plaza hay otras personas que se dedican al mismo oficio; son cuatro. Quizás los últimos que queden, “ya no les interesa aprender este oficio, creo que esto se ha de morir con nosotros”, lamenta el sastre que no posee más techo que unas maltratadas fundas de plástico que a medias lo cubren del sol, pero no suelen detener el agua cuando llueve.

Sus hijos viven del trabajo, pero ninguno de ellos aprendió el oficio. Están dedicados a otras cosas, al mundo moderno. Ninguno acude ayudarlo a las 18:00 cuando se dispone a guardar su máquina de coser, cuando regresa a La Terminal o busca algún vehículo que lo trasporte en la noche.

Pese a todo José dice que seguirá con el oficio hasta que el tiempo le quite a su cuerpo la energía para trabajar, o la muerte le arrebate la vida.

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