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HISTORIAS SE TEJEN DETRÁS DE LOS ROSTROS EN LAS CALLES DE LATACUNGA

HISTORIAS SE TEJEN DETRÁS DE LOS ROSTROS EN LAS CALLES DE LATACUNGA

Foto: Mario García, es un migrante venezolano que vive en Latacunga, un año y medio.

A los 19 años, Mario García oriundo de Maracaibo – Venezuela, decidió empezar una travesía a un lugar incierto. Sabía que en su país, la situación económica y política que enfrenta no le permitiría tener una vida tranquila. Atrás lo dejó todo; amigos, familia, novia. La idea ahora era buscar un mejor futuro.

El viaje fue en bus, a veces a pie, en otras uno que otro conductor le daba un “aventón”. Pasó por Colombia, donde no planificó quedarse, llegó al puente de Rumichaca en Ecuador y buscó llegar a la capital. En ese espacio le fue complicado buscar un ingreso. Supo que ese no era su lugar.

Bajó un poco más y se encontró con una ciudad cuyo nombre se le hizo difícil pronunciarla al principio: Latacunga; fría pero con personas a las que define como “amables”. Se encuentra en la capital cotopaxense desde hace casi dos años.

Aunque buscó trabajo, su informalidad en el país, le impidió conseguir algo. Pero a sus 21 años llenos de vigor y juventud, las oportunidades si no llegan, se las crean. Así que, con las ganancias que le proporcionó la venta de caramelos en los buses, adquirió los implementos necesarios para limpiar vidrios.

Con ellos, se acomodó en el puente García Moreno, al sur de la ciudad, donde diariamente busca clientes. No es nada sencillo. “Mira que me acaban de pisar el pie”, dijo antes de iniciar la entrevista para hablar sobre la realidad de los migrantes en Cotopaxi.

Para Mario la gente de Latacunga es solidaria. Por ello decidió quedarse varios años, o al menos los necesarios hasta que su hija de tres meses, pueda tener un viaje largo. La niña nació en Ecuador,  es fruto de una relación con una compatriota a la que conoció el Latacunga. Viven juntos, y aunque ganan poco, es mejor que la realidad que estarían atravesando en su país.

Mario sale desde muy temprano a trabajar, se queda hasta las 19:00 o 20:00. Las comidas se las trae su esposa. Pese a cualquier adversidad, disfrutan la tranquilidad que se vive en el terruño ecuatoriano.

“No queremos ni tenemos planes de volver, uno es de donde lo tratan bien”, finalizó el joven.

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