GOBERNABILIDAD: ¿DÓNDE?

Eduardo Vargas

Foto: Eduardo Vargas, abogado en libre ejercicio

Siempre se habla acerca de la Gobernabilidad. Sin embargo, no la entendemos por completo. Cuando se habla de aquello, se está tratando de la aptitud de un territorio y su gente de recibir al Gobierno.

El actuar conforme se dispone, me explico, es la situación o cualidad de ser gobernable; el presente concepto una vez llevado a la práctica se traduce en un estado de paz social donde el Gobierno logra actuar sin mayor dificultad y puede ejecutar sus políticas públicas sin un contrapeso fuerte. Todo ello aplica para todo nivel de gobierno, incluso dentro de la propia familia.

Como parámetro de gobernabilidad, tenemos a un Gobierno con algo más del 35% de aceptación popular, este dato es sin conocer los eventos múltiples de las marchas populares que se realiza cada primero de mayo, obviamente como parte de la población significativa que presenta la afamada resistencia; quizá autentica, espontánea o con planificaciones criticables.

Cuando se tiene un evento tan crítico como el de seguridad ciudadana y además se enfrenta una administración sin dinero, se debe valer de estrategias rápidas como la recuperación de la confianza pública, se debe llegar a la gente de manera expedita, adecuada y preocuparse operativamente de sus necesidades, de tal forma que no tengan menos iniciativa de oponerse.

Hablar con los “líderes” de esos grupos inconexos nunca es opción en Ecuador, porque esos “líderes” no son bien vistos por los que supuestamente representan.

Tienen posiciones intolerantes e inflexibles y eso hace que no se logre un verdadero acercamiento, porque esos supuestos dirigentes manejan agendas propias acompañadas de ambiciones que no son necesariamente compatibles con las necesidades que dicen representar. Se tiene que llegar directamente al pueblo.

El escenario cotopaxense y latacungueño no dista de esa realidad y también es sumamente preocupante, recordemos que los burgomaestres no ganaron sus elecciones con votaciones contundentes, es decir, aunque hayan ganado, existe más gente que no votaron por ellos que los que sí lo hicieron, es decir, nacieron deslegitimados y lo grave del asunto es que nunca hicieron nada para obtener la confianza de aquellos que no les dieron el voto. Salvo algunas excepciones en ninguno de nuestros cantones esa estrategia aconteció.

En un futuro cercano los elegibles, entre alcaldes y concejales, llegarán con alianzas antinaturales. Otros se presentarán como elegibles con movimientos políticos locales sin poder. Es difícil, por el simple hecho de que un Alcalde necesita un concejo fuerte con quién trabajar y la tónica de hace tiempo ha sido concejos municipales fraccionados, sin mayorías claras y como tristemente nos han acostumbrado, no existirá edil que desee cambiar el panorama.

Entre la amalgama de “líderes” que buscan representatividad con miras a las elecciones 2023, la verdad es que Cotopaxi no tiene un rostro visible que realmente pueda representarnos, se escucha que una edil latacungueña pugnará por la prefectura, pero su paso de algo más de 8 años por el Municipio no ha sido nada fructífero ni tampoco real.

Lo cierto es que somos una población despedazada por cualquier excusa: indígenas por un lado, mestizos por otro; trabajadores y empresarios desunidos, hombres y mujeres peleándose por reivindicaciones sociales mientras los grupos LGBTIQ también tienen sus propias pugnas. Somos ingobernables porque no nos identificamos con una causa común.

Pensemos si estuviéramos unidos, tendríamos por lo menos una conservación del agua y desarrollo sostenible.  Mientras el común ciudadano busca motivo alguno para unirse, los disque líderes nos llenan la cabeza con cualquier pretexto, mentira, argucia, arenga doctrinaria para disgregar y lavarnos el cerebro y hasta nos endosan problemas que no tenemos nada que ver, todo con el fin de ganar seguidores y votos.

El verdadero líder de la provincia tiene el camino sumamente fácil, solo necesita decir la verdad, aunque duela y que haga lo tiene que hacer, aunque también duela.

No deben seguir los pasos del político de siempre que es quedar bien con todo el mundo, porque eso en un estado de crisis nunca funciona.

El político debe ser como la receta del médico que aunque el pinchazo, el jarabe o la pastilla duelan o sea amargo pero cura. (O)

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