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El 2020 se llevó la normalidad, pero la esperanza se mantiene en los ‘mashcas’

El 2020 se llevó la normalidad, pero la esperanza se mantiene en los ‘mashcas’

Foto. Las ventas de monigotes fueron pocas.

A pocas horas que muera el 2020; donde la humanidad enfrentó la más dura pandemia de los últimos tiempos, “a nadie le da dolor despedir este año”, cuenta Marcelo Rosales, quien atiende una tienda de abarrotes al occidente de Latacunga en el barrio San Felipe. Rosales abrió su local a las 08:25 del jueves 31 de diciembre.

El hombre de 45 años, espera que las ventas mejoren al menos, el último día del año, que planeó  atender hasta las 20:00, como un día común. Y así, como un día común, trascurrió el “Año Viejo” en la capital cotopaxense, en el pasado quedaron los monigotes, las viudas, el aserrín en las calles y la nostalgia del año que se va en el ambiente.  

Desde antes de las 09:00 en el barrio La Estación, se apostaron los vendedores informales, que desde hace meses hacían gala de sus actitudes manuales en la elaboración de monigotes, pese a que este año quedó prohibido la quema de “Años Viejos”.

“Pero la esperanza es lo último que se pierde”, comenta Byron Amaya, oriundo del barrio San Buenaventura (nororiente de Latacunga), quien preparó 100 caretas y 50 años viejos de tamaños pequeños, muy pequeños,  debido a que una “voz interior” le decía, que todo sería distinto, con la nueva normalidad.

No se equivocó, pues hasta pasadas las 11:00, no logró vender más de 10 caretas y ningún monigote, uno de los más simpáticos lo tenía en su mano izquierda, mientras que con la derecha llamaba a los clientes, era un diseño de rostro verde con “cachitos en la cabeza”. Sonriente Byron cuenta que se trata del malvado coronavirus, que vino a cambiar la perspectiva de la vida.

Byron continua llamando a los transeúntes, un vehículo blanco se detiene, pregunta el precio del coronavirus, cuando escucha que su costo es de ocho dólares, “muy caro”, le dice y se va, sin concretar la compra.

Mientras Byron lucha por obtener ingresos de sus ventas, la ciudad que acuña a más de 70 mil habitantes se mueve normal; los bancos atienden, las instituciones públicas y privadas, siguen haciendo su trabajo; la cotidianidad no se detiene.

“Que distinto al año anterior que ya veíamos monigotes por todos lados, con leyendas, la cumbia típica de fin de año, ahora todo se ha ido”, recrea Maricela Torres, quien labora en una entidad financiera del centro de la urbe.

La mujer de 35 años, manifestó que debido a la emergencia sanitaria no pasará con su familia, pues sus padres son adultos mayores, y teme poder ponerlos en peligro; despedirá la noche en compañía de sus dos hijos, quienes por su corta edad no comprenden, por qué este año ya no podrán pasar con sus abuelitos.

“Definitivamente esto nos cambió la vida, pero creo que hay que seguir adelante, y no dejarse vencer por las adversidades, el nuevo año no cambiará nada, solo nuestra actitud lo logrará”, comenta Luis Tenesaca, un hombre de 70 años que pese a su edad, a las adversidades, aún tiene fe y esperanza en el porvenir.

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