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“Cuando tienes a Dios y al arte, no hay soledad”

“Cuando tienes a  Dios y al arte,  no hay soledad”

Foto: El artista aprendió a tocar el saxofón hace 10 años.

En los centenarios arcos del Palacio Municipal de Latacunga, Enrique Arteaga, acomoda su equipaje, que no consiste en más menester que su viejo saxofón, con el estuche, al que posa abierto en el piso, para que aquellos que gozan de sus tranquilizantes melodías, puedan depositar en el una colaboración para el artista.

Enrique escogió ese espacio debido al eco que le proporciona; un eco que es capaz de trasmutar el tiempo, “cuando paso por aquí y lo escucho me transportó, me gusta mucho”, dijo Ariana Torres, una latacungueña que siempre pasa por el lugar.

Enrique es ambateño, tiene 60 años de edad, jamás se casó ni tiene hijos, considera que la soledad se disipa con la música y la concentración en su mundo interior, en el espiritual, aquel que bebe del néctar de las emociones y no del dinero.

Se levanta a las 06:00 para desayunar y viajar a Latacunga, le encanta la ciudad por su arquitectura, tranquilidad, enigma, “las calles es de esta ciudad son hechas con piedra volcánica, no hay maravilla igual”, aseguró, mientras recordó sus viajes por Europa y EE.UU, donde deleitó con las melodías de su saxofón, el que aprendió a tocar hace 10 años, sin que nadie más que su intuición y amor a la música le enseñen.

Pese a su edad, Enrique se siente joven, pues decidió ver más allá del cuerpo; por ello sus sueños están intactos, tiene deseos de volver al exterior para perfeccionar su arte e incentivar a las futuras generaciones amar la música, el arte, la alegría, pero sobre todo la vida.

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